La vida de Jordi: “Mis terceras ferias (parte 2)”

Seguro que muchos/as de vosotros/as tendréis curiosidad por ver como acabé las fiestas. ¿A que sí?. Pues ya no tenéis que esperar más, que ahora os lo cuento.

Básicamente  hay que destacar dos cosas: el tío de la porra y dos atracciones de feria.

Respecto al tío de la porra, comentaros que el último día por la tarde  hicieron un pasacalle de despedida, y como sabía que papá estaba triste por habérselo perdido, me dije: “vamos a ver el pasacalle a ver si se alegra un poco, ya que por cuestiones de curro no pudo llevarme a verlos (me llevó mamá). Era a las 19:30 y vimos el pasacalle entero. Ví como a papá le cambiaba la cara, y se le ponía una sonrisa de oreja a oreja al verlos (aunque yo creo que era porque estaba conmigo y con mamá, pero no se lo digáis a nadie ¿eh?). Nos gustó tanto que hicimos el recorrido con ellos entero. La pena es que todo acaba y hasta el año que viene ya no los podré ver. Pero bueno, al año que viene en lugar de ir a verlos yo, vendrán al cole a por mí, que me hace mucha ilusión.

La segunda cosa son las atracciones de feria. Hay tres días en los que el viaje en todas las atracciones vale la mitad, es decir, 1,50 euros. A mí me hacía ilusión subir a los caballitos del tio vivo (y a mi papá más que a mí seguro). Bueno, pues compró el ticket y subí a un caballito y papá a mi lado. Tras un par de minutos sonó una sirena estridente (que todo hay que decirlo y me dió un buen susto), y todo aquello empezó a ponerse en marcha. Subiendo y bajando y encima dando vueltas. Me empezó a entrar cague, a pesar de que estaba papá a mi lado, y me dió por llorar. Mi papá no paraba de decir: “es que lo sabía, es que sabía que iba a pasar esto”. Yo solo pensaba en bajar, pero papá `consiguió tranquilizarme, y tuvimos la fiesta en paz.

Luego ví “el tren de la alegría”, y parecía algo más tranquilo. Como no, papá y yo subimos. Me contó que antiguamente se llamaba “el tren de la bruja”, y obviamente el que daba los escobazos no era Mickey si no una bruja fea de narices. Pero este era el de la alegría, y un Mickey enorme (y que a veces daba algo de miedito), era el encargado de dar los escobazos (flojitos claro está).

Fué una tarde entretenida, y que espero que el año que viene se vuelva a repetir, sin esas caguetas de miedo que me entraron.

Nos vemos en la próxima entrada, ¿ok?. Besitos y abrazotes.

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